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Lo mejor del verano no son las vacaciones. ¿Es bajar el ritmo?

Lo mejor del verano no son las vacaciones. ¿Es bajar el ritmo?

Hay un momento, normalmente hacia finales de julio, en el que dejas de intentar impresionar a nadie.

Puede que estés de vacaciones.

Puede que sigas trabajando, contestando correos, entrando al taller, cuadrando horarios o haciendo encaje de bolillos con el verano de toda la familia.

No importa demasiado.

En algún momento, el calor y el cambio de rutina empiezan a quitarte capas.

No porque dejes de cuidarte. Sino porque, con 38 grados, el personaje tiene ya muy poca resistencia.

Entonces empieza a aparecer el verano de verdad. El tuyo, no el que te habían pintado en Instagram.

Y menos mal.

El verano que tienes, no el que deberías tener

El verano viene acompañado de sus propios deberías.

Deberías estar descansando.
Deberías viajar.
Deberías aprovechar cada minuto.

Deberías estar morena, sonriente, relajada y viviendo atardeceres de fotografía.

Pero la mayoría de los veranos no se parecen a un anuncio.

Hay mujeres que a finales de julio siguen trabajando. Mujeres que están de vacaciones, pero descansan más bien poco. Mujeres que pasan buena parte del día cuidando, conduciendo o coordinando horarios que nunca terminan de coincidir.

Y también hay veranos corrientes.

Sin grandes viajes.
Sin una casa frente al mar.
Sin demasiado que enseñar.

Pero llenos de una de las cosas más liberadoras de esta época: dejar de vestir, y de vivir, para el verano que se supone que deberíamos tener y empezar a hacerlo para el verano que de verdad tenemos.

Bajar el ritmo en verano, aunque sigas trabajando

Julio o agosto no siempre son los meses en los que descansamos.

A veces son simplemente los meses en los que resulta más difícil seguir fingiendo que podemos mantener el mismo ritmo.

El calor vuelve algunas cosas más lentas.

Las comidas se alargan.
Las calles se vacían a ciertas horas.
Las conversaciones pierden urgencia.

El cuerpo pide sentarse, beber algo frío o cerrar los ojos durante un rato.

En el taller también lo notamos.

Los pedidos y los plazos no desaparecen porque sea julio, pero sí cambia la forma de atravesar el día. Bajamos las persianas, buscamos las prendas que menos atención nos piden y esperamos a que caiga un poco el sol para recuperarnos.

Entonces, quizá, te echas una siesta de campeonato.

Y al despertar, aparece por unos segundos esa tentación absurda de sentirte culpable. Como si hubieras abandonado el día en mitad de una tarea importante.

Pero ¿por qué todos los meses tienen que funcionar como enero?

No todos admiten la misma velocidad.

Quizá bajar el ritmo en verano no sea perder el tiempo. Quizá sea aceptar que hay días en los que importa más sentarse cinco minutos a la sombra que seguir apretando los dientes.

Las capas que no se ven

Y, poco a poco, empiezan a caer capas.

Primero caen las capas más visibles:

Dejas alguna arruga sin planchar.
Repites ese vestido que sabes que funciona.
Te maquillas menos o no te maquillas.

Cambias los zapatos ideales para ese conjunto por los que te permiten llegar al final del día sin acordarte de tus pies.

Y eliges lo más cómodo sin dedicarle media hora de deliberación.

Después empiezan a caer otras capas menos evidentes:

La necesidad de responder de inmediato.
La de llegar a todo.
La de convertir cada fin de semana en una experiencia memorable.
La de demostrar que llevas una vida perfectamente organizada.

No hace falta convertirlo en una gran revelación personal.

A veces todo empieza con algo tan pequeño como salir de casa con el pelo recogido y descubrir que el mundo sigue girando exactamente igual.

Porque simplificar no es dejar de cuidar las cosas. Es dejar de gastar atención en aquello que no la merece.

La ropa también puede quitarte capas

La ropa puede convertirse en una exigencia más.

O en una menos.

Hay prendas que te obligan a estar pendiente de ellas: de si se suben, aprietan, marcan, se mueven o se arrugan.

Y hay otras que te permiten olvidarte de que las llevas puestas y seguir con tu vida.

Cuando hablamos de diseñar para mujeres reales, hablamos también de esto.

De ropa pensada no solo para la mujer que se mira quieta frente al espejo, sino para la que se sienta, anda, trabaja, suda, corre para no perder el autobús, se tumba un rato en el sofá y sale a tomar algo cuando por fin baja el sol.

El verano deja muy poco espacio para engañarnos en este sentido.

Si una prenda molesta, lo sabes enseguida. Si te permite moverte, respirar y sentirte cómoda, repites.

Y pocas cosas hablan mejor de una prenda que las ganas de volver a ponértela.

La tregua con la perfección

Quizá lo mejor del verano no sean las vacaciones.

Ni el viaje.
Ni la terraza.
Ni esa foto en la que parece que todo está ocurriendo exactamente como debería.

Quizá lo mejor sea esa pequeña tregua con la perfección que aparece a finales de julio.

Ese momento en el que repites vestido, dejas alguna arruga sin planchar, te recoges el pelo, eliges lo cómodo, te echas la siesta y dejas de intentar impresionar.

Y no pasa nada.
O sí.

Pasa que la vida pesa un poco menos.

Septiembre devolverá los horarios, las prisas y algunas capas.

Pero quizá no todas tengan que volver.

Porque hay capas que abrigan. 
Y otras que solo pesan.

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