Viajar no siempre va de billetes, maletas o destinos lejanos. A veces habla de tiempo, deseo, calma, cuerpo… De esa parte de ti que siempre dejas para después.
Hace unos días, hablando en el taller, apareció una frase de esas que se dicen casi sin pensar:
“Algún día haré ese viaje.”
Y nos quedamos pensando. Porque todas tenemos uno, ¿verdad?
Ese viaje que no necesitas que nadie te recomiende porque ya vive en algún sitio de tu cabeza.
No tiene por qué ser el más caro. Ni el más lejano. Ni el que saldría en una lista de “destinos que tienes que visitar una vez en la vida”.
A veces es una ciudad concreta: Londres, París, Estambul o Hong Kong.
A veces es una casa blanca al sol.
A veces es sentarte en un banco y mirar pasar gente sin mirar el reloj.
A veces es caminar sin rumbo por una calle desconocida.
Y a veces ni siquiera es un lugar.
Es una sensación.
Parar.
Respirar.
No tener que aprovechar siempre el tiempo.
No convertir cada momento en algo útil.
No tener que estar siempre perfecta para empezar.
Volver un poco a ti y descubrir tu "viaje" pendiente...

Cuando el “algún día” se queda demasiado tiempo
Por aquí, entre nosotras, ese “Algún día iré” aparece más de lo que parece.
Mientras doblamos telas.
Mientras revisamos un patrón.
Mientras alguien cuenta que lleva años queriendo hacer un viaje y siempre hay algo antes.
“Cuando tenga más tiempo.”
“Cuando los niños sean mayores.”
“Cuando no tenga tanto trabajo.”
“Cuando tenga con quién ir.”
“¿Cuando pueda viajar más sostenible?".
Y claro, todas sabemos que hay momentos en los que no se puede. No se trata de hacer como si solo fuera cuestión de decidirlo. No es tan sencillo.
Pero a veces ese “ya veremos” empieza a ocupar demasiado sitio.
No solo con los viajes.
También con una tarde libre. Con una decisión que no es práctica, pero te devuelve algo. Con una prenda que te apetece ponerte, aunque no tengas ninguna ocasión especial.
Con ese pequeño gesto de no tratarte como si siempre pudieras esperar.
Por eso decimos que el viaje que tienes pendiente no siempre va de viajar. A veces habla de todo eso que se queda en lista de espera sin hacer mucho ruido.

¿Y qué tiene que ver la ropa con todo esto?
Más de lo que parece.
No porque una prenda vaya a cambiarte la vida.
Ojalá fuera tan fácil.
Pero sí porque vestirte también puede ser una forma pequeña y cotidiana de decirte algo:
Hoy no me aprieto para encajar.
Hoy no me disfrazo de alguien que no soy.
Hoy no espero a tener otro cuerpo, otra vida u otro plan para sentirme bien con lo que llevo o hacer mi viaje ideal.
En el taller pensamos mucho en eso.
En cómo se mueve una prenda cuando caminas. En si te deja sentarte sin estar pendiente. En si respira contigo. En si acompaña un cuerpo real o le exige estar quieto, colocado y perfecto.
En si te hace sentir guapa sin pedirte incomodidad a cambio, sin dejarte para después.
Porque hay ropa que te saca de ti.
Y ropa que te deja estar en ti.
Ropa que aprieta, corrige o disfraza.
Y ropa que acompaña.
Que puedes llevar un día largo, una comida improvisada, una mañana de trabajo, un paseo sin rumbo, un día especial o, quién sabe, también en ese viaje que llevas años diciendo que harás algún día.

El viaje empieza antes de salir de casa
Quizá algún día hagas ese viaje.
Quizá no.
Quizá cambie de forma.
Quizá descubras que no era tanto el destino como lo que habías puesto dentro de él:
La pausa.
La calma.
El permiso.
La sensación de volver a ti más presente, más ligera, más tú.
En las próximas semanas vamos a hablar de algunos de esos viajes que aquí, en el taller, llevamos muy adentro.
No como destinos turísticos.
No como postales bonitas.
Sino por lo que despiertan en nosotras cuando diseñamos, cuando elegimos un tejido, cuando una prenda empieza a tener forma.
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Porque a veces viajar no va solo de viajar.
A veces empieza mucho antes. Incluso antes de hacer la maleta…
